Estos últimos fines de semana hemos estado mis hijas y yo buscando modelito para la Comunión de Pedro. A parte de acabar con los pies destrozados, he aprendido una buena lección.
Por su edad (16 y 13 años), hace ya mucho tiempo que se me acabó eso de comprar la ropa que a mí me daba la gana. ¡¡¡Anda que no se quejan mis hijas de cómo las vestía!!! Con lo guapas que estaban, con sus vestiditos de nido y su lazón en el pelo!!! Lo siento, siempre he sido muy clásica para vestir a mis tres hijos.
Bueno, pues han pasado de un extremo a otro. No salen de los pantalones y las camisetas. Cuanto más andrajoso, roto y relavado está todo, mejor. Pero la libertad que tienen normalmente de arreglarse desarreglándose tiene un límite: la Comunión. Yo siempre he contado con que mi gusto no va a coincidir con el gusto de ellas, pero qué horror hasta que han elegido algo normal. Si yo les decía que una ropa no me gustaba, su único fin era comprarse eso precisamente. Si yo les decía que algo era bonito y que les sentaba muy bien, automáticamente pasaba a ser horroroso. Además, dar opinión tiene otro inconveniente. Cuando ellas me preguntaban, servidora, en plan “Lady Puñal”, confundía la sinceridad con la falta de tacto: “Hija, con esas piernas regordetas que tienes, no te puedes permitir un vestido tan corto”, “María, vestida de morado y negro, parece que vas de entierro, en vez de Comunión”, etc, etc. Prometo no dar más opiniones y consejos si no me los piden.
Lección de aprendizaje de los dos primeros días de compra: Antes de hablar, siempre, siempre, siempre, pensar. Además, sólo dar mi opinión si me la piden.

El tercer sábado que fui con ellas nuevamente a buscar ropa, tomé la mejor actitud: si me decían “me voy a comprar este vestido”, me callaba si no me gustaba. Al no tener opinión, no lo querían. En cambio, si la pregunta era “¿me queda bien este vestido?”, entonces, opinaba pero sin demasiado entusiasmo, por no decir ninguno: “Psssíiiii, podría valer”. Pero seguíamos sin solución…. Hasta que aparecieron ellas: Doy eternamente las gracias a las dependientas de las tiendas, sabias estilistas cómplices de mis gestos (supongo que de los gestos de muchas madres sufridoras) que al ver mi callada por respuesta o mi sutil sonrisa si me gustaba algo, sugerían a mis dos fieras si era o no era adecuado el modelito. No hay nada mejor para ellas, la opinión de una extraña “imparcial” fue a Misa, y todas contentas.
Propósito que tomo por bandera, aplicable a muchos aspectos de la vida: Decir lo que pienso bien bien clarito….. cuando me lo pregunten.
Eugenia y María, os quiero con toda mi alma, vestidas de góticas o de barrocas churriguerescas. Muchísimos besos de Mamá.

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