Hola, me considero la típica persona tímida, pero cuento mi vida a las personas con las que tengo cierta amistad, aunque no tenga mucho trato con ellos o menos frecuente de lo que me gustaría. El sentido de este blog es contar lo que me ronda por la cabeza -sobre todo si me preocupa y me afecta- e intentar despertar el interés del que me lea.
Este blog es sobre todo para mis hijos, para que lo lean cuando sean más mayores y no tengan que preguntarse cuáles son las inquietudes de su madre.




viernes, 23 de septiembre de 2011

EL ARROYO

Mi hijo Pedro acaba de salir de su más tierna infancia. No es que piense que es un adolescente, pero tampoco es ya un niño pequeñito. Se asoma al mundo con vocación de peligro. En muchos aspectos aún no se atreve a afrontarlo. Es como si se asomara a la azotea de un edificio muy alto y viera la calle con una mezcla de excitación y temor a la vez. A veces es un niño miedoso que se sujeta a mi mano como si temiera que el suelo fuera a desaparecer bajo sus pies si yo le suelto. Otras, siendo honesta, la mayoría de las veces, es un niño intrépido, deseoso de aventura.

Cuando nos vamos en bici por las carreteras de Escalona, si él va detrás de mí, me mira mohíno, como si le estuviese defraudando. En cambio, si le dejo ir el primero, el paseo se convierte en una aventura. Y si encima yo me muestro intimidada ante su empeño, se burla de mí y me tacha de miedica. La curiosidad que muestra por saber si yo a su edad era valiente o asustadiza es inmensa.

A Pedro le encanta que le narre mis historietas infantiles, mis expediciones por esos mismos caminos que ahora recorro con él. Me pide que le cuente historias de mi abuela, de cuya mano conocí todos los lugares y caminos de Escalona. Y de mi madre, historias de cuando era pequeña y pasaba allí todas sus vacaciones. Hace que le repita una y mil veces los episodios de mi niñez, como cuando por esos mismos caminos, mi hermana Elena se cayó de la bici y tuvimos que regresar caminando hasta casa porque de las heridas tan grandes que se hizo no pudo volver pedaleando. O cuando se me cruzó un topo de agua en el río, y por poco me da algo al notar que me rozaba las piernas. O cuando volviendo de pasear por el campo, Santiago, guarda forestal de Escalona, nos regalaba un conejo o una liebre que había cazado furtivamente, y que había que llevar a casa escondidos y con mucho misterio, y encima luego, ninguna nos los queríamos comer porque no nos gustaban. O como una vez, mi padre pescó unas truchas que no daban la talla y cuando el guarda nos preguntó qué tal se nos había dado el día, yo le contesté que bien, que habíamos pescado unas truchitas muy pequeñitas, marcando con mis manos el tamaño enano de los pececitos. Miles de historias…

En la carretera que une Escalona con Paredes, nos hemos acercado hasta un pequeño arroyo. Pedro lo mira como si viera una tarta de chocolate en el escaparate de una pastelería, casi con gula. “¿Es muy profundo mamá?”, me pregunta deseoso por comprobarlo él mismo. “Mucho –le respondo- y muy fresquito”. “¿Cómo de fresquito?”, insiste, mordiéndose los labios, los ojos absortos en el arroyo. ”Pues como si fuera agua de la nevera”, le explico; y noto su excitación. “¿Y cuando erais pequeñas os atrevisteis a meteros alguna vez?”, pregunta con una voz que es casi un susurro. “Pues un día sí, con botas de agua”. Mi hijo Pedro hace un largo silencio, casi reverencial, merodeando el secreto que hace ya muchísimos años mi hermana, mi prima María Eugenia y yo juramos a mi abuela no desvelar a nadie. Le miro con aprensión, con dulzura. Ahora también me invade a mí el miedo cuando recuerdo ese agua fría entrando en las botas de las tres, llegándonos a la cintura, y la fuerza de la corriente empujándonos hacia abajo. El miedo metido en nosotras, aún cuando logramos salir de allí y llegar a casa. Y el susto de mi abuela, sus abrazos dando gracias a Dios porque no nos había pasado nada. El baño caliente y reconfortante que nos preparó. El olor de las toallas limpias en nuestros cuerpos. La sensación de bienestar que sentimos cuando logramos entrar en calor. “Pues sí, una vez nos metimos en el agua, tendría yo unos 9 ó 10 años, y me dio mucho miedo”, le confieso en un murmullo, como si estuviese liberando mi conciencia de un peso milenario. Mi hijo Pedro asiente, muy solemne, sellando con ese gesto el secreto. Y sé, con toda la certeza del mundo, que nunca se lo revelará a nadie.

También sé, mientras le veo pedalear su bicicleta de vuelta a casa con su recién estrenado aplomo, que dentro de no muchos años, cuando cumpla trece o catorce años, ya no me preguntará más. Pero sí espero que, cuando tenga mi edad, se acuerde de las tardes que pasamos juntos y de todo lo que le conté, como yo me acuerdo de las historias que mi abuela y mi madre atesoraron y nos contaron. Y también espero que recuerde bien su infancia, como yo recuerdo la mía, inmensamente dulce y feliz.

Muchos besos para todos.

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