Hola, me considero la típica persona tímida, pero cuento mi vida a las personas con las que tengo cierta amistad, aunque no tenga mucho trato con ellos o menos frecuente de lo que me gustaría. El sentido de este blog es contar lo que me ronda por la cabeza -sobre todo si me preocupa y me afecta- e intentar despertar el interés del que me lea.
Este blog es sobre todo para mis hijos, para que lo lean cuando sean más mayores y no tengan que preguntarse cuáles son las inquietudes de su madre.




viernes, 16 de septiembre de 2011

11-S

Es curioso, guardo en el mismo archivo de mi memoria y recuerdo a la perfección los instantes de tragedias y de grandes alegrías: La tarde y la noche del 23-F, las visitas de Juan Pablo II a España en noviembre del 82 y en junio del 93, el asesinato de Miguel Ángel Blanco en el año 97, la noche que España ganó la Eurocopa en 2008 y el mundial en 2010, la mañana del 11-M y, por supuesto, el medio día del 11-S.

Entonces trabajaba en Banesto y todos los días comía con mis padres. Ese día, al entrar en su casa, el telediario de TVE empezaba su información con las imágenes de la Torre Norte del World Trade Center ardiendo. Todavía se pensaba que era un accidente. Pero, de repente, una sombra de perfil inconfundible golpeaba la Torre Sur. Mis padres y yo, al igual que cientos de millones de personas en todo el mundo, vimos en directo, en un plano perfectamente enfocado, cómo el fuselaje del avión entraba en la torre como si atravesara papel, tan perfecto que parecía irreal. A partir de ahí, todo fue espantoso: toneladas de papeles ardiendo y, cayendo entre ellos, seres humanos arrojándose al vacío. Personas huyendo por las calles de los alrededores cubiertas de cenizas y de un espeso polvo grisáceo, mientras policías y bomberos iban en dirección contraria. El derrumbamiento de ambas torres. Y mientras, los tres sin reaccionar, repitiéndonos constantemente “esto no es real”. Supongo que como le pasó a la mayoría.

En junio de 2009, Eugenia, Josu y yo fuimos a Nueva York y una tarde estuvimos en uno de los pocos edificios que quedaron en pie del WTC, viendo las obras de las nuevas torres en la denominada zona cero, pero el recuerdo de aquel horrible atentado era lo que inevitablemente todos debíamos de estar recordando. El silencio que reinaba era espeluznante.

Diez años después, esa sensación vuelve cada vez que veo las imágenes del 11-S y lo que vino después.

No sé si sabré explicarme bien, pero de todo lo que he leído el pasado fin de semana, lo que más claro me ha quedado es que fue el orgullo lo que llevó a la muerte a casi 3.000 personas ese día (en concreto 2.977). El informe oficial del 11-S relata con precisión lo sucedido. Datos, muchísimos datos: 19 terroristas, coordinados a la perfección y con un presupuesto de medio millón de dólares aproximadamente, incluyendo las clases de vuelo de los pilotos suicidas. Fechas, cifras, nombres y fotos de los culpables. Todo perfectamente enumerado y contado, menos la verdad: la tragedia se podría haber evitado con un simple fax.

Los miembros del brazo ejecutor habían sido marcados por la CIA como integrantes de Al Qaida meses antes de la tragedia. Cuando se supo que dos de los sospechosos tenían visado de entrada en Estados Unidos, el enlace con el FBI de la CIA escribió un informe sobre ellos. Pero le ordenaron que ese informe no saliese de la CIA por las rivalidades existentes entre los responsables de los dos organismos. Diez años después, pocos americanos parecen saberlo o no les preocupa. La responsabilidad de los propios americanos importó poco. A pesar de la insistencia de los medios de comunicación, pocos fueron capaces de entender con claridad quién era Osama Bin Laden y qué quería exactamente. La existencia de bases militares en Arabia Saudí o el apoyo a Israel son para el americano común asuntos irrelevantes o desconocidos. Para ellos, todo se redujo a que les odiaban por ser felices y prósperos.

Las consecuencias inmediatas fueron las acciones militares, que llevaban mucho tiempo planificadas y que, por supuesto, convenían a EEUU. A pesar de que en ningún momento se encontró rastro de la colaboración de Sadam en los atentados, el 7 de octubre de ese mismo año, cuando todavía no había pasado ni un mes de los atentados, Irak fue invadido. Antes, en ese corto periodo de tiempo, pese a la oleada de simpatía internacional por lo sucedido el 11-S, la Administración Bush tuvo que pensar cómo tener el apoyo de otros países. Elaboraron una serie de argumentos acerca de la presencia de armas de destrucción masiva en Irak, que muchos gobiernos europeos se tragaron. Seguro que alguno de vosotros tiene en mente las imágenes de George Bush, mucho tiempo después, en una cena de gala, simulando buscar debajo de varias mesas las esquivas armas, mientras que el resto de asistentes aplaudían y se partían de la risa.

Los números de la guerra de Irak son escalofriantes: ocho años de guerra, cuatro BILLONES de dólares y trescientos mil muertos aproximadamente. Un gran agujero moral, económico y político para Estados Unidos. Por no hablar de la guerra de Afganistán. O de la paranoia surgida tras los atentados, que sirvió de excusa para la detención ilegal de muchísimos sospechosos de terrorismo en cualquier parte del mundo, trasladados a cárceles de máxima seguridad y torturados en busca de información. Lo que no impidió que en 2004 y 2005, Al Qaida alcanzara Europa. Los terribles atentados de Madrid y Londres obligaron a la UE a crear una propia estrategia contra el terrorismo.

Esta mala gestión de Bush llevó a los altares a su sucesor, Barack Obama, que llegó a la presidencia con la promesa de devolver los soldados a casa y acabar con Guantánamo. La realidad ha sido distinta, pero lo que Obama sí ha conseguido es el sueño de su antecesor: matar al enemigo número uno de EEUU. Y, aún así, a pesar del tiempo que ha pasado desde el 11 de septiembre de 2001, la herencia de Osama pervive: En los campos de batalla de Afganistán, país asfixiado por la corrupción y el narcotráfico, donde los talibanes se limitan a esperar la inminente retirada de la OTAN. En Irak, donde la violencia se ha convertido en el pan de cada día. En los incómodos controles de seguridad de todos los aeropuertos del mundo… El 11-S murieron muchas libertades que, una década después, no hemos recuperado. Podremos obviar que los malos están ahí, acechando, esperando, pero vivimos con el temor de que vuelvan cuando menos lo esperemos. Podemos fingir que todo sigue igual que antes, pero la realidad por desgracia es distinta.

El pasado domingo, a las tres, igual que hace 10 años, viendo el telediario de TVE, viendo el enorme agujero que ocuparon las dos torres, reviviendo el horror de las imágenes de hace una década, he llegado a una conclusión: nunca debemos olvidarnos de los que ese día acudieron a ayudar y nunca volvieron. Seguro que os sonará a pensamiento ingenuo, pero por muy espantoso que pueda ser el daño que los seres humanos nos podamos hacer unos a otros, siempre habrá alguien dispuesto a mantener la esperanza, aunque le cueste la vida.

¿Qué estabais haciendo hace exactamente 10 años?, ¿con quién estabais?, ¿cómo recibisteis tan triste noticia?

Besos a todos y feliz fin de semana.

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